Martes 17
Hombre, es que nosotros nos apuntamos a un crucero para conocer los fiordos noruegos, andar por el Círculo Polar Artico y llegar hasta Cabo Norte para ver el sol de medianoche, y nos meten en un tren para mostrarnos la verde campiña noruega llena de vacas y ovejitas pastando en los prados. ¡Para eso ya tenemos Asturias y Cantabria, no?
Pero, bueno, como no somos Burt Lancaster y Audrey Hepburn en "Los que no perdonan" a las órdenes de John Huston, olvidaremos el incidente y afrontaremos el día con actitud positiva. Nos espera la llamada ruta de los trolls.
Al llegar a Alesund, situada a la entrada de uno de los diversos fiordos de impronunciables nombres, podemos observar que se trata de una bonita ciudad. Pero vamos al autobús y emprendemos el camino. Al poco de salir ya empezamos a percibir que, afortunadamente, la cosa prometía.
Y esta vez no hubo decepción. Espectaculares los dos o tres fiordos por los que pasamos, paisajes montañosos impresionantes, unas cascadas que quitan el hipo, miradores diversos desde los que contemplar la inmensidad de valles y montañas.
Sí, lo de "Qué verde era mi valle" que dirigió John Ford hace la torta de años viene aquí a cuento. Ciertamente, ha quedado compensado lo del día anterior. Comimos en un bonito sitio y de un buffet abundante. Yo me puse hasta arriba de salmón, noruego claro (supongo), preparado de diferentes maneras. Mi compañera de fatigas no puede disfrutar de tal placer por el consabido anisakis que en estas latitudes campa por sus respetos.
La curiosidad del día fueron las casas, innumerables, a las que les crece musgo y vegetación en los tejados. ¡Estos vikingos!
Después de un día nublado pero en general agradable, regresamos a Alesund lloviendo y hacemos un tour en el autobús por la ciudad antes de regresar al barco.
Esto sí. Esto ya sí tiene que ver con nuestras expectativas. No hemos podido, sin embargo, ejercitarnos como "Trollhunters (Cazadores de trolls) como hicieron en la película de 2010 dirigida por André Ovredal.
Afrontamos, pues, la cena con mejores ánimos que el día anterior. Y descubrimos que, en contra de lo que afirman los naturalistas de pro sobre la inexistencia de nuevas especies animales, nosotros confirmamos el descubrimiento de, al menos, una subespecie: los cruceristas, dícese del ejemplar humano que no concibe otro tipo de viaje más que el consistente en surcar mares procelosos a lomos de un gran navío capaz de proporcionar todos los placeres al uso.
Sí, compartimos cena todos los días con dos genuinos y simpáticos representantes de la mencionada subespecie.




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