Viernes 20
Llegamos al que será nuestro penúltimo destino en el camino hacia el norte del mundo: Tromso. De nuevo apetece tocar tierra después de tanta navegación por alta mar.
Bajamos a tierra por nuestra cuenta y tomamos un autobús que nos conduce al centro de esta ciudad agradable pero algo fría (estamos a unos 5 grados). Sólo el nombre de su catedral, la Catedral del Ártico, ya da fresco, que no mucha impresión porque se trata de una edificación triangular, blanca (claro), que data de 1965. Personalmente, las catedrales más jóvenes que yo no me atraen; sólo las que tienen como 500 años más. Así que nos limitamos a verla desde lejos, porque está en la otra orilla de la isla en que nos encontramos.
Después de un pequeño despiste inicial porque el autobús nos metió por un túnel con el que no contábamos, damos un paseo por la ciudad. Calles tranquilas, una típica iglesia noruega de madera y un museo polar que recoge las expediciones a los polos de los Amundsen, Scott, Shackelton, etc.; interesante lugar donde podemos ver desde cómo era un refugio polar hasta el esqueleto de una enorme morsa, pasando por osos polares, huskies tirando de trineos (disecados, claro), etc.
Terminamos en una animada calle comercial, en la que echamos un vistazo pero no compramos nada.
Y como el día tampoco está para mucho más nos volvemos al barco. Como llegamos tarde a comer, nos conformamos con una hamburguesa que nos hacen junto a la piscina, pero nos la comemos dentro.
En un momento dado, por uno de los incontables pasillos de este barco, me siento como el último vikingo.
Zarpamos rumbo a Honnigsvag, la ciudad más septentrional de Europa, desde donde alcanzaremos el Cabo Norte.
Llevamos dos días sin ver el sol, con el cielo totalmente cubierto. Así que nuestras esperanzas de contemplar el sol de medianoche en pleno solsticio de verano son escasas. Mañana veremos.




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