Son las siete de la mañana cuando atracamos en el puerto de Honnigsvag y algo más de las ocho cuando cogemos el autobús que nos transportará hasta Cabo Norte. El cielo está absolutamente encapotado, hace frío y llueve. Se me ocurren unas cuantas palabrotas que no transcribiré.
Hacemos el recorrido entre parajes bastante desolados. Mucha turba, musgo, pero ni un árbol, nada de vegetación que levante ni un palmo. Eso sí, arroyos por doquier, agua por todas partes y bastantes restos de nieve.
A mitad de camino hacemos un alto y nos fotografiamos con este hombre, un lapón del pueblo sami con su reno blanco.
Mientras seguimos subiendo aumentan las nieves perpetuas y la nubosidad. De manera que cuando llegamos al Cabo Norte lo que hay es una niebla de estilo londinense que impide ver nada a unos cuantos metros. Ahora vendría al pelo poder coger el "Polar Express", aquel tren mágico de dibujos animados que conducía Tom Hanks en 2004 bajo la dirección de Robert Zemeckis, y seguir aún más al norte.
Casi por dar tiempo a ver si levanta, nos metemos en el cine, donde proyectan un fenomenal documental sobre la inhóspita vida en la zona.
Pero no, no levanta. El inmenso panorama a nuestro alcance solo se intuye. Imposible fotografiar el punto en el que confluyen el Océano Atlántico y el Océano Glaciar Ártico. Del sol ya ni hablamos ni del de media mañana siquiera.
Esta es la única foto posible en este confín situado a unos 4.500 kilómetros de casa.
No sin cierta decepción (al fin y al cabo, en esta tierra la climatología ya sabíamos que era así), nos volvemos al autobús después de comprar algunos recuerdos.
En Honnigsvag visitamos un pequeño museo, algo caro para lo que nos muestran.
Después damos un paseo por el puerto y parte de esta bonita población antes de regresar al barco, esta vez sí a tiempo para comer.
Cuando despertamos de la siesta acabamos de zarpar y esta es la visión desde nuestro camarote
Subo a cubierta a tiempo para fotografiar el paso por el Cabo Norte "visto" desde el mar (es un decir, porque ya se ve la niebla cómo cubre el promontorio e impide verlo en su totalidad).
Pasamos el resto de la tarde en el llamado "Café al Bacio", donde se me ocurre esta foto a través del espejo,
antes de ir a cenar, uno de los momentos nada despreciables del día porque coincidimos con nuestros expertos cruceristas que todas las "noches" nos ilustran con algunas de sus innumerables experiencias. Cenar cenamos bien y pasarlo, lo pasamos bien porque la pareja catalana de ascendencia palentina es un pozo de sabiduría popular.
Ya vamos camino al sur.






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